El dolor es un mecanismo de alerta de nuestro organismo que nos avisa de estar sufriendo daños en el mismo y, por lo tanto, protege nuestra supervivencia. En ocasiones, dicho dolor no cesa cuando desaparece la causa que lo originó, sino que persiste en el tiempo, afectándonos de tal forma, que nos impide llevar “una vida normal” a distintos niveles: social, familiar, laboral… Además al no haber una causa “física” detrás de dicho malestar, la persona no sabe lo que le pasa y se siente incomprendida también por su entorno, generando todo esto un malestar añadido al del propio problema, que no hace sino agravar aún más la situación. Se estima que un 17% de la población padece este trastorno.